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La parte utópica

Suena el despertador. Maldito aparato del demonio.

Sin ni siquiera ser consciente del día que despierta conmigo, de los sueños de la noche, de la ausencia que me acompaña en la cama, ya tengo el pantalón y las zapatillas puestas y avanzo torpemente guiado por la cotidiana rutina hacia la puerta del baño.

 

Es cuando el agua resbala por mi cara cuando la parte utópica de mi cabeza coge la palabra que se le niega durante el resto del día. No la censuro en este momento, escuchar su idílica visión de la vida anestesia el cansancio, el hastío, la impotencia de volver a levantarme a las cinco de la mañana, lanzarme a la oficina y después de preparar el equipo ir en busca de aquellos sucesos macabros que esperan ansiosamente las televisiones nacionales.

 

 

Y ahí estoy yo cargando las cintas, revisando las baterías y la cámara, cuando tú entras en escena. Es en esa primera mirada, en esas décimas de segundo, donde me haces consciente que te mata no saber que haces aquí a las seis menos cuarto de la mañana cuando a la una de esta misma noche estábamos acabando la jornada anterior. Varios meses contigo entre guardias, viajes interminables, jornadas maratonianas, hacen que tu cara sea más familiar que la propia y que reconozca cada gesto, cada mueca como un discurso sobre tu estado de ánimo. Pero como un espejismo esa mirada desaparece dejando una frase en el aire: “¿Ya tienes el material preparado?”, aun a sabiendas que sólo faltabas tú para marcharnos.

 

No hay comentarios, no hay historias en el coche. ¿Qué te voy a contar de mi vida que no sepas? ¿Qué parte de mi vida no paso contigo? ¿Qué vida tengo más allá de nuestra cruzada diaria con la “actualidad”? Esa actualidad que poco importa a nadie, sólo a aquellos que en la monotonía de las tardes conectan la tele y entre el zapping y el morbo encuentran nuestra pieza entre otras tantas perdidas en programas de sucesos.

 

Frente al hecho noticioso despliego mi habilidad: la burbuja del trípode, la cámara anclada, el balance en blancos, el enfoque y el iris. Coreografía cotidiana, perfecta danza con la que disfruto personalmente, ¿Quién más podría entenderlo? Más que por su belleza o por su exactitud, la virtud se verifica en la ausencia de críticas. En un mundo basado en la apariencia la perfección no tiene valor, sólo la imperfección tiene su justo castigo. Y el trabajo del operador de cámara es un duelo constante contra esa imperfección, un camino en la cuerda floja mientras toda la audiencia espera el error. No importa cuantos reportajes, cuantas grandes imágenes hayas grabado en tu vida, en esta profesión, en esta realidad, sólo se recuerdan los fallos.

 

Tres, dos, uno, grabando… Perdido en el blanco y negro del visor de la cámara oculto la humanidad de lo que grabo, todos los terribles dramas se convierten en ficción aislando mi ser de cualquier sentimiento de empatía. No siento nada. No soy nada.

 

Cuatro meses después sigo cargando las cintas, revisando las baterías y la cámara y vuelves a entrar en escena, y en esa primera mirada, que lleva unas semanas reteniendo más de unas simples décimas de segundos, es donde hallo ese algo donde agarrar la emotividad ausente. Esos varios meses compartiendo guardias, viajes interminables, jornadas maratonianas, han hecho que tu cara sea un salvavidas en este mundo aséptico, que tu piel sea el refugio de mis anhelos, que tus labios vuelen en la noche hasta los míos aunque sólo sea por la necesidad de sentir.

 

En un parpadeo desaparece ese espejismo real, que la frase sonriente que le sigue me confirma acomodando en mi pecho una cálida sensación: “¿Dónde me llevas hoy?”

 

Seguimos viajando en silencio, sin historias, sin comentarios. Es tu mano la que me habla posada en mi pierna confiada, y entre anotaciones al cuaderno, vistazos al mapa y maldiciones al tiempo una mirada tierna se te escapa impactándome el alma. Embate tras embate la sólida barrera impenetrable que me rodea se resquebraja, y entre las grietas fluyen los pensamientos:

 

“Nunca conseguí sobreponerme al profundo azul que me vestía el alma. Los pasos teledirigidos de mis pies mentían avanzando en círculos, mientras mi futuro se dibujaba sobre una manta de colores ocres siguiendo los trazos de una simple plantilla gastada.

 

En la búsqueda inútil de trascendencia en mis actos cotidianos se perdían los largos segundos. Náufragos suspiros en un mar ahogado en confusión.

Así me encontré ante tus ojos aquella mañana, allí reventaron siglos en una sonrisa, soles en tu piel, besos en tus manos. Y se abrió el ocaso, el océano que separaba mi boca del mundo, mi alma del resto. Camino directo y certero hacia un corazón que en tinieblas buscaba algo por lo que latir y que sólo encontraba la negra cotidianeidad. En esa oscuridad rota en mil pedazos, arrasada por una horda de estrellas desbocadas, me encontré con la certeza de existir, de vivir desde mí y no a través de mí. Y en ese momento reconocí que la pena, la incertidumbre, la desesperanza y el hastío rodeaban mi existencia pero no formaban parte ya de ella, que en mi interior había luz, constructiva llama que proyectaba sombras danzantes en el manto negro que creía mi reflejo. Ese manto yace en el suelo dando paso a la esperanza cabalgada por la ira de sentirse engañado por un mundo hecho para engañar, por el valor de alcanzar aquellas inalcanzables utopías que deseaba. La ilusión disparó sus cañones y sonaron a río, a mar, a lluvia… Cosas reales, absolutas, que hundieron sus palabras, sus colores, sus certezas en la misma grieta hedionda donde me ocultaba del mundo. Ese que sigue en construcción desde que se formó en nuestra mente y en el que ya nada parece inaccesible”.

 

Todas estas reflexiones escapan de mi ser por las rendijas que has abierto, de la parte utópica de mi cabeza que aprovechando el caos que has creado en mí se permite hablar a pesar de ser las dos de la tarde y llegar tarde a una grabación al otro lado de la ciudad.

 

Unas reflexiones que minan definitivamente ese muro que tus labios rozando mi mano derecha se han encargado de detonar, y esa explosión se convierte en un escalofrío que se extiende por todo mi pecho. Y girar la cabeza para que entres de nuevo en escena, para ver la primera mirada tuya que se adentra en mi alma abierta, décimas de segundo que son siglos donde sólo imagino amarte, amarme. Pero esos siglos son sólo décimas de segundo, y esa mente que vuela ya no es consciente y esos ojos que te miran por vez primera no ven la ciudad, ni el semáforo, ni el camión que bajaba, el que embistió tu puerta, tu cuerpo, tu esencia, mi valor, tu vida, mi esperanza…

 

Tres, dos, uno, grabando… Perdido en el blanco y negro del visor, ocultando la humanidad de lo que grabo, el terrible drama convertido en ficción que aísla un sentimiento que ya ni recuerdo. Ahora sólo formas parte de esa actualidad que poco importa a nadie, sólo a aquellos que en la monotonía de las tardes conectan la tele y entre el zapping y el morbo encuentran mis imágenes, perfectas imágenes, que se llevan de una vez por siempre la parte utópica de mi cabeza.

Suena el despertador. Maldito aparato del demonio.

 

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Un pensamiento sobre “La parte utópica”

  1. Vientos huracanados desde el despertar hasta el sonhar utopias tras de esas camaras con las que capturas realidades y liberas interpretaciones. BuenaVentura companhero de Macondos y Rones y claro!!! buenas migas

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