La parte utópica

Suena el despertador. Maldito aparato del demonio.

Sin ni siquiera ser consciente del día que despierta conmigo, de los sueños de la noche, de la ausencia que me acompaña en la cama, ya tengo el pantalón y las zapatillas puestas y avanzo torpemente guiado por la cotidiana rutina hacia la puerta del baño.

 

Es cuando el agua resbala por mi cara cuando la parte utópica de mi cabeza coge la palabra que se le niega durante el resto del día. No la censuro en este momento, escuchar su idílica visión de la vida anestesia el cansancio, el hastío, la impotencia de volver a levantarme a las cinco de la mañana, lanzarme a la oficina y después de preparar el equipo ir en busca de aquellos sucesos macabros que esperan ansiosamente las televisiones nacionales.

 

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