El arlequín no católico

Aquel escenario, por llamarlo de alguna manera, no era más que dos tablones (vete a saber tú de donde salieron) apoyados sobre dos cajas de la omnipresente Coca-Cola. Como set de iluminación un cordel que tiraba de una de las bombillas que colgaban del techo a modo de lámpara acercándola al seudoescenario seudopatrocinado, proyectando una luz amarilla tintineante que lejos de ensalzar la figura sobre las tablas dotaba su semblante de un simbolismo cercano a la enfermedad tropical.

Horas antes era inconcebible imaginar que esta sala de taberna a las afueras pudiera albergar al silencio, pero ahora, sin más explicaciones, allá estaba. Fue en ese momento exacto en el que la figura sobre el improvisado escenario dibujó una alegre mueca en su cara. La figura, con excaso  presupuesto para renovar vestuario y maquillaje, en crisis, para estar acorde con los tiempos que corren, vestía de pies a cabeza un traje de franela blanco y negro, un gorro del mismo estilo que acababa en una punta donde no hacía mucho tiempo colgaba un cascabel y del que ahora sólo quedaba una bolita de hojalata desgastada, más triste que graciosa. Su mueca sonriente destacaba su cara sobre el sobrio conjunto y mostraba un absurdo maquillaje que no iba más allá de unos labios pintados de negro, una estrella negra sobre su ojo derecho, un triángulo cruzando el izquierdo y un atrezzo coronando su nariz, por supuesto, de color negro. El comediante se dispuso a comenzar.

– Voy a contarles un cuento. – un anuncio que no parecía variar en nada al silencio presente – Pero antes me gustaría presentar mi personaje, ¿alguien tiene una idea de lo que soy?

Sólo unas risas irónicas, cansadas, despectivas salieron de los grupos congregados tras inaudibles cuchicheos.

¡¡Soy un arlequín!! – su voz parecía anunciar más la entrada de un Borbón en la sala que al personaje que presidía el templete. – ¿Alguien sabe lo qué es un arlequín?

– ¡Un payaso! gritó la voz del que todo lo sabe y lo expresa con el tono de saberse cansado de saber más que todos aquellos que le acompañaban y ni siquieran sabían saberse tan poco sabios.

– Sí – atajó el arlequín – Pero hoy en día, ¿quién no lo es?

– ¡¡Un payaso y además un gilipollas!! – dijo otra voz tan herida como la anterior ante la rápida y despreocupada respuesta del patético comediante.

Sin inmutar su sonrisa y con un gesto de advertencia el arlequín prosiguió:

– ¡Cuidado! ¡Cada vez somos más! Cualquier día podremos escoger desde los nuestros a aquellos que nos gobiernen… – se interrumpió a la vez que exageraba una postura reflexiva haciendo surgir las primeras sonrisas espontáneas a su alrededor y desanimó posibles interrupciones de otros y otras descreídos.

– En efecto, soy un arlequín, payaso y gilipollas. – prosiguió – Uno más de tantos… y ahí va mi historia.

 

– No soy católicio. Nunca llegué a serlo y eso que he de reconocer que muchos fueron los que se esforzaron por conseguirlo. Educado en el dogma católico recuerdo mis primeros años de escuela salesiana como una época oscura, contradictoria e inaccesible para un niño. Conforme me iba haciendo mayor veía aumentar el abismo que separa el ideario católico con el actuar cotidiano de la inmensa mayoría de sus adeptos, así como empezaba a molestarme esa pesada losa que el catolicismo arrastra de su pasado, y no se confundan, no hablo de la Inquisición. Llegué a recabar más de mil razones para condenar su doctrina al olvido, más de las que necesitaría para rebelarme contra ella. Toda la construcción social católica se acabó convirtiendo para mí en una especie de decorado para aquellos que se vestían de misticismo mientras realmente perseguían al único dios verdadero.

Un cambio de postura y de entonación volvió a recobrar la atención de algunos asistentes que empezaban a evadirse.

– Soy un descreído de esos que encima se vienen arriba con las exigencias. Igualdad ante la ley, la justicia, el trabajo, la casa, el respeto, la dignidad… ¿cómo iba a ser católico? Con tantas quimeras en la cabeza no tuve otra salida… me hice anarquista – esta última palabra la acompañó con un movimiento ascendente de sus brazos mostrando su indumentaria blanca y negra y acabando ese movimiento con sus índices apuntando al guiño de su ojo izquierdo. La línea de su pestaña sobre el triańgulo negro dibujado sobre el ojo mostraba como resultado una curiosa A.

– Creo en la igualdad; en que no hay nada ni nadie por encima de otro; como buen anarquista me organicé y me junté únicamente con personas tan conscientes y consecuentes como yo; me hice arlequín, a los meses mi familia y amigos empezaron a verme como un payaso y después de algunas experiencias con “compañeros” y “camaradas” acabé por sentirme gilipollas. Un no-católico arlequín anarquista payaso y gilipollas que acabó llegando a Buenos Aires… sí, sí, esa ciudad del tango, Gardel, YPF y los asados. Allí es donde me sorprendió la terrible noticia…

Su cara dibujó una nueva mueca exagerada de sorpresa y desesperación .

– ¡Otro no católico arlequín anarquista payaso y encima murguero se…! – de algún lugar llegó un redoble de tambor que acabó en el sonido de platillos – ¡¡casaba!!

La figura empezó a revolverse encima de los tablones que hacían de escenario con una cara de terror realmente patética.

– ¡Casarse! ¡Che, que garrón! Semejante mazazo me hizo ser consciente que ser arlequín y anarquista no es el final. Siempre se puede ir a peor.

En una posición resignada. Hombros abajo, manos en los bolsillo, mirada al suelo, el arlequín prosiguió.

– Ahí estabamos. Un grupo de no católicos anarquistas vestidos de traje y corbata parados frente a la puerta principal de este “templo sagrado” de mediados del siglo XVIII en la calle Carlos Calvo 3121 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires; para que me entiendan, imagínense que ustedes, los que leen y oyen este relato, están vestidos de esta guisa – los brazos del cuentista descienden desde su sonrisa quebrada hasta sus pies – justo antes de entrar a la comida de empresa anual… ¡No me miren así si no recuerdan esos momentos! ¡¡Hagan memoria!! De esa manera, torpes, inseguros e incómodos fuimos entrando empujados por el cariño, desempolvando recuerdos litúrgicos para evitar incrementar el ridículo a índices superiores a primas de riesgo o inflación. La curiosa sorpresa llegó cuando atravesamos los oscuros portones de esa cáscara tenebrosa y nos encontramos con algo tan distinto a lo recordado e imaginado. Luz y color, el altar en medio de la sala, los bancos alrededor en un diseño circular y presidiéndolo todo un Jesús colorido, vivo y rodeado de gentes de todas las condiciones, nada de su etapa más conocida y difundida, sangrienta y sacrificada de su estancia, breve pero intensa, en la cruz. A partir de ahí los sentiemientos de bochorno y ridículo dieron paso al gusano intestinal propio de los primeros momentos de cualquier montaña rusa que se precie, guiado por la figura del padre Carlos, sus expresiones, su guitarra y la forma de destacar por encima del rito y el dogma la importancia de las personas, de los congregados y de la comunidad. En la tradicional sotana de este particupar padre dos imágenes, las del padre Mugica y la de Angelelli. La viva imagen de un arlequín payaso pero católico y creyente. Tras hora y media de comunión matrimonial, un concierto de Misa Criolla, una misa simple y media hora de contemplación de los túmulos de las monjas y Madres de la Plaza de Mayo secuestradas y desaparecidas en esta iglesia durante la dictadura militar me permitieron llegar a una conclusión. – el semblante del arlequín se endureció y adquirió por vez primera una imagen de respeto que no hubiera sido posible imaginar en este personaje al principio de su presentación.

– Ahora soy arlequín anarquista payaso y gilipollas, no católico pero creyente, de como dijo el padre Carlos, otro mundo posible. Un mundo que va a requerir de toda la ayuda que podamos conseguir para hacerlo realmente posible… vosotros, vosotras; arlequines, payasas y gilipollas del mundo. ¿Qué vais a hacer? ¿Nos ayudan? ¿O preferís la dulce e inmóvil coherencia?

El arlequín alargó su mano derecha hacia la bombilla que le hacía de foco en el triste y ridículo escenario mientras que el índice izquierdo volvía a señalar su ojo tatuado con el triángulo negro.

– Bueno, ahí les dejo pensándolo, yo me tengo que ir a misa – el guiño mostró nuevamente la característica A  por un instante, antes que la luz del improvisado foco se apagara por el momento.

 

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3 pensamientos sobre “El arlequín no católico”

  1. Mú bueno !!! lo comparto por varios medios pero en especial a un amigu payasu asturiano y su “compañía de dos grandes nenos” A seguir escribiendo meu amigu…

  2. Acabo de leerlo, aqui en los bancos de la estación, en un estado de semisopor propio de la sobremesa, y no estoy seguro de haberlo entendido en su totalidad. Me parece que mi mente se está haciendo demasiado tecnologico-cientifica, uf. He de decirte que me gusta como escribes, y que consigues llevarme a la reflexión, cosa que hoy en dia, con la vorágine en la que vivo no es facil. Asi que lo releeré cuando mi mente se encuentre mas despierta, je je.
    Espero poder comentarlo contigo en persona pronto, un abrazo.

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