El Bankilal: hermano mayor

(( Saberes ))

En el sureste mexicano, el estado de Chiapas es el hogar de diferentes pueblos indígenas descendientes de los antiguos mayas. Tseltales, tsotsiles, tojolabales, choles, mames, zoques han convivido en este territorio, ahora mexicano, desde mucho antes del desembarco de los primeros “colonizadores” europeos al continente americano. Desde la ocupación española del territorio maya hace más de 500 años las comunidades indígenas no sólo han sufrido el despojo y explotación como pueblos, también fueron obligadas a aceptar la fe católica abandonando su cultura y cosmovisión heredada de una de las civilizaciones más importantes del mundo. Más de 500 años de lucha y resistencia de los pueblos originarios por mantener viva esta forma de entender y significar el mundo, donde el ser humano es una pieza más dentro del engranaje que mantiene el equilibrio de la madre tierra y no el protagonista de un mundo hecho para su servicio.

En esta significación del mundo maya los seres y elementos que rodean al ser humano tienen un papel activo en la vida de éste, algunos como enemigos otros como amigos y hermanos. Uno de ellos es el moy o bankilal (hermano mayor), el encargado de velar y acompañar a las personas en su hogar. En las comunidades siempre hubo personas que pudieron dialogar con estos seres y hacer de intérpretes al resto, los y las que tenían esta capacidad eran llamados ilol. En los Altos de Chiapas, en la comunidad tsotsil de Xoyeb vive Antonio. Ya tiene cerca de cincuenta años y mucho aprendido. Él es el que nos invita a su casa para hablarnos del Bankilal. En la entrada de su hogar construido con tablas, un techo de láminas de aluminio y con el piso de tierra nos cuenta su historia: “Mi papá es ilol, trabaja con hierbas y también es huesero, Cura heridas pero con rezos. La gente llegaba a hablar con mi papá para pedir que le hagan su rezo.” El padre de Antonio tenía la capacidad de conversar con los ahau (los “señores”) mediante el rezo, ellos son los que velan por los seres humanos. A los ahau les pide y de ellos se sirve para alejar al pukuj (espíritu que disfruta molestando y haciendo el mal a los demás seres). El padre de Antonio ya murió y ahora es el propio Antonio el que comparte la sabiduría que su padre le enseñó como una forma de resistir y luchar contra el olvido en un momento en el que los jóvenes se alejan de la tradición y olvidan aquello que los une a la madre tierra y que los hace ser tsotsiles. Es en la entrada de su casa donde nos presenta al bankilal, allí vive, en la misma puerta, guardando el hogar y a las personas que allí habitan, manteniendo alejado al pukuj.

 

El hermano que cuida y protege

“Sobre el nombre del bankilal, no hay que decirle moy, porque se avergüenza y pierde poder y fuerza. Bankilal (hermano mayor) le pusieron porque es protector, nos cuida, su nombre es el moy, pero no se puede nombrar así, sino bankilal. Porque si el pukuj se entera de su nombre verdadero, empieza a llamarlo por su nombre y pierde su poder, su fuerza, y ya no puede luchar contra el pukuj.” Mientras Antonio nos habla sostiene con cariño y respeto la planta, tiene las hojas grandes, muy parecidas a las del tabaco aunque como el propio Antonio nos explica no es igual. “El bankilal lo usaban nuestros ancianos, era muy importante para ellos. Para ellos era un guardián, un ahau, que da protección y compañía.” Los ahau acompañan a los seres humanos y conviven con ellos, tienen mucho poder y fuerza pero también un carácter muy particular y reservado, en el caso del moy, un ahau menor, no consiente que le digan donde tiene que vivir: “No crece fácil o donde quiera, sino más en lugares donde vive gente, no crece en donde quiera solo a lado de las casas, por eso significa que es un guardián, protector el “ángel” así decía mi papá.” “Para sembrar o llevar la semilla se lleva o se echa la semillas en el cabello, porque es la manera de poder transportar la semilla. Así hizo mi hermano Agustín, la semilla la trajo de Acteal (comunidad cercana a Xoyeb) en su cabello y ahorita ya los tiene sembrados.” Donde se encontraba la antigua casa de Agustín, alrededor de un pequeño solar en medio de cultivos de maíz y árboles de gran tamaño, varias plantas de moy siguen en pie donde se encontraba la entrada, ellas no quieren irse, todavía están a gusto allí.

 

Una planta con carácter

El moy tiene su propio carácter. Decide donde nacer, donde crecer y decide cuando morir. Su fin principal es acompañar y defender del pukuj a las personas que lo cuidan y lo respetan, como nos dice el propio Antonio: “Hay que respetar el bankilal, así me aconsejó mi papá, no hay que pisarlo.” Como ahau menor exige respeto a cambio de su compañía y protección. Antonio recuerda como su padre lo usaba en distintas ocasiones cuando él era un niño: “Cuando era niño mi papá me untaba o me ponía en el cuerpo el bankilal cuando íbamos a un velorio. Y le pregunté para qué servía o por qué nos echábamos el bankilal en el cuerpo. Me contestó que era para ahuyentar el pukuj, que no se nos acercase.” Su uso no sólo se reservaba como una protección del espíritu frente a malas energías, sino que también se usaba y se usa para enfrentar enfermedades del cuerpo: “También es medicinal y se prepara con otras hierbas, le ponen con té de zacate, poy te´ (planta zorrillo) y ajo.” Para los tsotsiles, como decía el padre de Antonio, el bankilal no es sólo un remedio tradicional o una planta frente a la brujería o las supersticiones, es lo más parecido a lo que los católicos llaman un “ángel de la guarda”, pero un ángel que respira, se alimenta y crece junto a las comunidades, un ángel que hay que cuidar y respetar para que él pueda cuidar y proteger los hogares de aquellas personas que lo invitan a acompañarles.

 

Las mujeres y hombres verdaderos

Como en el caso de Antonio, la relación de los indígenas tsotsiles (mujeres y hombres verdaderos) con la tierra y la naturaleza es muy estrecha. Descendientes de los mayas, los tsotsiles viven principalmente en los Altos de Chiapas, una zona montañosa con muchos desniveles en la región central del estado. Allí viven del maíz y el frijol que cultivan desde que sus antepasados lograran domesticarlos y convertirlos en la base de su alimentación y de su vida. Es por eso que también se llaman a sí mismos hombres y mujeres de maíz, y como tales, hijos de la misma madre tierra. Es en el Popol Vuh, libro donde se recoge parte de la historia oral de los pueblos mayas, donde se explica la formación del mundo por los primeros dioses y la creación de los seres humanos. “De maíz amarillo y de maíz blanco se hizo su carne; de masa de maíz se hicieron los brazos y las piernas del hombre. Únicamente masa de maíz entró en la carne de nuestros padres, los cuatro hombres que fueron creados.” Para los tsotsiles, como lo fue para los antiguos mayas, también el tiempo es importante. Cada etapa en los ciclos del tiempo está dispuesta con algún propósito: el cultivo, el cambio de autoridades, el inicio de los trabajos, el término de éstos, las celebraciones… Así mismo cada día tiene su energía, su fuerza particular. Antonio nos comparte su conocimiento: “Los ancianos no pueden construir casa ni rezar los miércoles y viernes, las cosas sagradas y los rezos tienen que ser los martes, jueves y sábado, porque esos días son los considerados sagrados.” No hay nada casual ni en el mundo ni en el universo, eso ya lo supieron los primeros mayas y lo saben los tsotsiles de los Altos de Chiapas.

 

Un ¡ya basta!

El primero de enero de 1994 las comunidades indígenas y campesinas del estado de Chiapas dijeron basta. Basta de injusticias, de hambre, de maltrato, de violencia por parte de una elite descendiente de los primeros colonizadores que impedía a las comunidades salir de la situación de empobrecimiento y exclusión existente durante más de 500 años. El levantamiento armado encabezado por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) canalizó los siglos de impotencia e indignación de unos pueblos cansados del desprecio hacia sus demandas por parte de los gobiernos estatales de Chiapas y federales mexicanos. Las comunidades indígenas habían roto su silencio y desde entonces empezó el momento de hacer oír su palabra: el respeto y la justicia iban a ser sus principales reclamos. Xoyeb, la comunidad de Antonio, tuvo gran relevancia en ese tiempo. Los acuerdos de paz sólo llevaron tranquilidad a los titulares de los periódicos de medio mundo ya que en la región el ejército mexicano empezó a entrenar y armar a los primeros grupos paramilitares para atacar a los inconformes. En los siguientes años Xoyeb se convirtió en un inmenso campamento de desplazados donde se refugiaban, escudados por observadores internacionales, los que se atrevían a defender el derecho a ser respetados. Antonio pertenece a la Sociedad Civil las Abejas, una organización indígena y campesina tsotsil que está de acuerdo con las razones que desembocaron en el levantamiento pero que luchan de manera pacífica para conseguir sus demandas. Esta organización sufrió el peor episodio vivido en los primeros años del conflicto. En Acteal, comunidad cercana a Xoyeb, donde Agustín (hermano de Antonio) recogió sus semillas de moy, los paramilitares asesinaron a 45 personas, la mayoría niños y niñas, mientras hacían un ayuno pidiendo el fin de las agresiones. Aunque a día de hoy los responsables tanto materiales como intelectuales siguen en libertad, los pueblos indígenas de Chiapas siguen construyendo la justicia, el respeto y la dignidad que ese primero de enero exigieron de la única manera posible, y que en el presente, por medios pacíficos, las comunidades siguen dando los pasos para alcanzar la paz con justicia que durante tanto tiempo se les ha negado.

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