La guerra de pacificación en Río de Janeiro

publicado en la revista Yerba

 3d5fd2a3c01d5fd476864f19b686ad2e_XLEste pasado noviembre 2.600 efectivos de la policía y militares, apoyados por helicópteros artillados y francotiradores, entraron a uno de los conjuntos de favelas más importantes de Rio de Janeiro, el Complexo do Alemao. Su misión: tomar las quince favelas que conforman el conjunto, el bastión de la principal organización delictiva de la ciudad según la policía, el Comando Vermelho. Después de cuatro días de intensos combates casa por casa las autoridades afirmaron tener bajo control la situación y haber hecho huir a los 500 traficantes que se habían atrincherado en este complejo al norte de la ciudad. El segundo más importantes de Rio y donde habitan unas 400.000 personas. En el último día de enfrentamientos los cuerpos de seguridad izaron las banderas de Brasil y del estado de Rio en el pico del Alemao para simbolizar la recuperación del complejo por parte del estado. El operativo para asegurar la zona le costó la vida a 50 personas, muchas de ellas vecinas del barrio que no tenían vínculos con el crimen organizado.

Rio de Janeiro, también conocida como “La ciudad maravillosa”. El destino turístico más importante del hemisferio sur. Las playas de Copacabana e Ipanema, la estatua del Cristo Redentor con sus brazos abiertos, el estadio de Maracaná, los carnavales, la samba… imágenes del Rio mediático como paraíso terrenal que contrastan radicalmente con la realidad de las favelas, asentamientos irregurales ubicados muchos de ellos en la zona turística. Según datos del propio gobierno, en el 2009 había 937 fávelas en Rio que ocupaban un área total cercana a los 50 kilómetros cuadrados. Estos barrios con casas de aspecto rústico, también llamadas “barracos”, sin servicios básicos como luz eléctrica, saneamiento o agua corriente, sin ordenamiento urbano son el hogar donde malvive una población con muy bajos recursos que alcanza los 3 millones de personas. Todo esto en la segunda ciudad más rica de Brasil y que se encuentra entre las 50 más ricas del mundo. Una realidad que no es nueva ni exclusiva de Rio de Janeiro, que se remonta a la década de los 60 cuando la migración del campo a la ciudad, la permisividad del gobierno a los nuevos asentamientos y el abandono al que se los relegó después. Un contexto perfecto para la proliferación de la violencia, el narcotráfico y donde se hace muy difícil la supervivencia. Un escenario que se repite a distintos niveles en el resto de países latinoamericanos y que se aborda de la misma manera: la prohibición del consumo de droga y la guerra.

 

Guerras o pacificaciones

6 tanques blindados del ejército brasileño se desplegaron a la entrada del barrio Penha. Aunque su misión era únicamente logística fue el primer paso de la ocupación por parte de agentes policiales y militares a pie del Complexo do Alemao. Para un simple conflicto urbano el uso de armamento bélico y el despliegue militar es desproporcionado, algo que según una filtración de Wikileaks no pasa desapercibido al cónsul estadounidense en Rio de Janeiro, Dennis Hearne, que afirma en varios documentos que el plan de pacificación que se está llevando a cabo en la ciudad carioca desde 2008 tiene características similares a las estrategias de constrainsurgencia que emplea el ejército estadounidense en Afganistán. La pieza clave de esta estrategia es la Unidad Policial de Pacificación (UPP) compuesta por unos 500 agentes. Un cuerpo policiaco/militar encargado de la lucha en las favelas y contra grupos del crimen organizado. Aunque en ningún momento el gobierno de Brasil utiliza la palabra guerra, para un representante del Comité Internacional de la Cruz Roja, mencionado en las filtraciones del consulado aunque sin detallar su nombre por seguridad, este conflicto en el que existen facciones organizadas con el monopolio del uso de la violencia, que libran enfrentamientos constantes entre ellos y con una población civil atrapada en los combates se asemeja en mucho al concepto de guerra civil. Son 17.500 efectivos los que la policía mantiene en estado de alerta. Por su parte, el general en jefe del ejército brasileño, Enzo Peri, anunció recientemente que el ejército no intervendrá directamente en los enfrentamientos pero si ocupará y hará patrullajes al interior de las favelas para garantizar la paz en esos lugares. Tal y como lo lleva realizando durante varios años en Haití.

 

Nadie quiere ser pobre

201201091659dineroRio de Janeiro vive una inmensa fractura en su interior. La zona residencial y turística situada más al sur y la empobrecida zona norte. La primera recibe toda la atención y gran parte del recurso de la ciudad, la segunda sufre en su interior al crimen organizado y recibe la atención de los cuerpos de seguridad. El olvido del gobierno carioca de esta población desplazada y marginada tiene décadas. Es a partir de 2008 cuando se plantea la estrategia de pacificación llevada a cabo por la UPP. Además de la pacificación por medio de las armas el plan incluye atender, tras ser pacíficada la zona, las carencias de servicios públicos, materiales y de oportunidades que sufre la población. Con la asignación de la Copa del Mundo de Fútbol de 2014 y las Olimpiadas de 2016 a Brasil, los ojos del mundo se han posado en el país y en las ciudades que serán sedes de ambos eventos deportivos. Algo que obligó a los responsables políticos y policiales a combatir las consecuencias del abandono económico y social de las favelas, mientras olvidan de nuevo las causas. Es el propio cónsul, Dennis Hearne, el que en la filtración publicada por Wikileaks destaca que si bien las ocupaciones de favelas por parte del ejército y la policía son todo un éxito, la llegada de recursos, la instalación de servicios básicos y el inicio de planes de asistencia social no tienen un avance similar.

 

Buenos y malos

“Ganamos”, proclamó Mario Sergio Duarte, jefe de la policía de Rio, cuando sus hombres plantaron las banderas del país y del estado tras la ocupación del Complexo do Alemao, un lugar donde no imperó la ley desde décadas atrás. Tampoco apuntó quienes ganaron exactamente. Los bandos enfrentados: fuerzas policiales por un lado y mafias del crimen del organizado por otro, no tienen en cuenta a la población que habita estos barrios. Fuera del alcance de las políticas y servicios públicos, sin posibilidad de acceder a ingresos legales suficientes para asegurar su supervivencia incrementan la fuerza de las organizaciones delictivas y por otra se exponen a las balas de las unidades policiales y militares que entran a pacificar. En la filtración de Wikileaks Hearne añade que aunque la información gubernamental no menciona en ningún momento la muerte de civiles a manos de policías diferentes organizaciones no gubernamentales aseguran que cientos de personas han sido víctimas de ejecuciones extrajudiciales. Human Rights Watch informó haber documentado mil 137 casos de personas asesinadas por fuerzas policiales sólo en 2008. A esto el cónsul añade que la organización local Global Justice denuncia que la policía no distingue entre delincuentes y habitantes de la favela y que es la propia corrupción policial la que incrementa la violencia en los barrios, donde los propios agentes combaten por el control de la droga. De hecho el actual programa de pacificación es la reproducción de otro aplicado en 1986, así lo denuncia en uno de sus memorandos el Instituto Brasileño para el Análisis Social, donde destacan que la policía intentó con estrategias similares acabar con el tráfico de droga hasta que ellos mismos se involucraron en el narco negocio. Como en el caso mexicano y colombiano, en Brasil, después de muchos años de corrupción política e institucional las redes del crimen organizado han permeado hasta las más altas esferas de poder institucional, pensar que golpeando las organizaciones delictivas de las favelas se solucionará el problema del narcotráfico en el país, es como pretender acabar con la falta de oportunidades, la carencia de servicios públicos y la pobreza con patrullajes de vehículos militares por los barrios marginados.

 

De la rabia al terror

A la vez que se llevaban a cabo los operativos policiaco militares, el periódico O Globo realizó una entrevista a Marcos Camacho, más conocido como “Marcola”, uno de los máximos dirigentes de la organización delictiva Primer Comando de la Capital (PCC). Sus respuestas desvelan una realidad difícil de abordar con las herramientas que ahora se conocen. “Yo era pobre e invisible. Ustedes nunca me miraron durante décadas y antiguamente era fácil resolver el problema de la miseria. El diagnóstico era obvio: migración rural, desnivel de renta, pocas villas miseria, discretas periferias; la solución nunca aparecía… ¿Qué hicieron? Nada. ¿El Gobierno Federal alguna vez reservó algún presupuesto para nosotros? Nosotros sólo éramos noticia en los derrumbes de las villas en las montañas o en la música romántica sobre la belleza de esas montañas al amanecer, esas cosas… Ahora estamos ricos con la multinacional de la droga. Y ustedes se están muriendo de miedo. Nosotros somos el inicio tardío de vuestra conciencia social.” Así se define Marcola y define la realidad de las favelas desde su celda en un penal de Sao Paulo. “No hay más proletarios, o infelices, o explotados. Hay una tercera cosa creciendo allí afuera, cultivada en el barro, educándose en el más absoluto analfabetismo, diplomándose en las cárceles, como un monstruo Alien escondido en los rincones de la ciudad. Ya surgió un nuevo lenguaje. Es eso. Es otra lengua. Está delante de una especie de post miseria. La post miseria genera una nueva cultura asesina.” Cuestionado sobre esta nueva ofensiva policial contra la delincuencia organizada Marcola responde sonriente: “¿Usted cree que quien tiene 40 millones de dólares no manda? Con 40 millones de dólares la prisión es un hotel, un escritorio… Cuál es la policía que va a quemar esa mina de oro, ¿entiende? Nosotros somos una empresa moderna, rica. Si el funcionario vacila, es despedido y “colocado en el microondas”. Ustedes son el estado quebrado dominado por incompetentes.” Frente a estas declaraciones la postura oficial sigue siendo inoportuna: guerra y prohibición. Por más fuerza que se use para imponer ambas, nunca serán la solución.

 

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